Problemas de pareja

“Cuando encuentre mi media naranja seré feliz”, “el tiempo lo cura todo”, “si nos casamos o tenemos un hijo arreglaremos lo nuestro”… esto son grandes falsedades. En la pareja los conflictos son inevitables y estos se quedan y se agravan si no se aprende a solventarlos y por supuesto, pueden acabar destruyendo uno de los espacios más importantes para la estabilidad y equilibrio emocional del adulto… y en ocasiones, el de los niños que de ellos dependen.

El amor de pareja se basa en un intercambio nutricio orientado al futuro (que construye y culmina con una acomodación de dos identidades distintas), que es diferente a la interacción  parental, donde los padres dan y los hijos reciben casi en exclusiva.

Cuando se inicia la unión y antes del flechazo de cupido, buscamos satisfacer necesidades propias (sí, funcionamos así) y adaptamos nuestras estrategias de seducción a las cualidades que le atribuimos al otro, como hace el otro con nosotros, en un proceso interactivo (al principio solo vemos una parte del otro, la que queremos ver). La reciprocidad marca las dinámicas de la pareja desde un inicio. Lo que se recibe del otro tiene mucho que ver con lo que damos y viceversa.

Buscamos alguien distinto a nosotros, que nos estimule, que despierte el interés o nos deslumbre. Pero también alguien parecido a nosotros que confirme lo que somos y nos de paz… en el desamor lo parecido puede aburrir y lo distinto puede ser incomprensible.

En la pareja necesitamos la confirmación de que se nos reconozca como una persona distinta con necesidades propias (que el otro atiende), además de dosis de valoración y ternura.  En el desamor ni se ve ni se cuida al otro.

En  el pasado, el género condicionaba en gran medida la estructura de la pareja, donde el hombre proveía de recursos y ostentaba la autoridad y la mujer se encargaba del cuidado del hogar y la familia. En la actualidad la mujer también trabaja, por lo que no puede cubrir sola el rol que tradicionalmente se le había asignado… antes se negociaba poco, hoy es algo básico y ahora ella también tiene autoridad, gracias al poder económico que antes no poseía (disposición de recursos para separarse si hace falta).

Los elementos más destacables, que en cierto modo la pareja consensua y negocia, son jerarquía, cohesión y adaptabilidad.

Jerarquía: el grado de capacidad, que cada uno de los miembros posee, para tomar decisiones o asumir responsabilidades. La fórmula más equilibrada, combina la superioridad de uno u otro en ciertos temas y la simetría de poder en otros (decisiones más consensuadas o responsabilidades compartidas). Una gran complementariedad (poder concentrado en un solo miembro), puede condenar al otro a una posición de inferioridad o dependencia. Una simetría rígida lleva irremediablemente a la discusión y el conflicto.

Cohesión: es el grado en que se cede individualidad por la pertenencia a la pareja (lo que dejas de hacer, cambias o fusionas con el otro) o el grado de diferenciación que se mantiene (independencia, lo que haces solo, no cambias…). Ambos extremos son dañinos, o renuncias a ti mismo o renuncias a la pareja… lo ideal es el término medio, cosas en pareja sin renunciar a cosas solo (muy simplificado).

Adaptabilidad: es la capacidad de modificar la jerarquía y la cohesión en función de las circunstancias y contestos. Una pareja no debería comportarse igual estando solos en su vivienda o estando en casa de los suegros, o al nacer o adoptar un niño, lo común es que se aumente la cohesión  (estén más unidos como pareja, renunciando a hacer cosas de forma individual).

La pareja funcional dispone de una jerarquía equilibrada, con áreas de simetría, donde disponen de responsabilidades equitativas y áreas complementarias, donde se alternan posiciones de superioridad e inferioridad consensuadas. La cohesión es centrada, ni se renuncia a uno mismo ni a la pareja y la adaptabilidad flexible, adecuándose situaciones y contexto.

FUNDAMENTOS DE LA PAREJA.

En cierta medida, existe un contrato implícito de ser pareja, pero en algunas ocasiones lo que se espera del otro está poco claro. Cuando esto pasa, es como si ambos hubieran firmado un contrato diferente.  Esto suele ocurrir cuando se quiere correr mucho: necesidad de ser padres o embarazos no buscados, despecho por antigua relación, necesidad de salir de la familia de origen, necesidad de ayuda para cambiar…

Expectativas del vínculo amoroso: Aprendemos desde la infancia a dar y recibir afecto, esas experiencias tempranas marcan que es para nosotros amar y en función de la familia de origen, la forma de expresar amor (y demás sentimientos y emociones) puede diferir bastante.

De niños necesitamos que nos cuiden y atiendan, son experiencias necesarias de fusión, de apego absoluto sin ningún tipo de peligro. Pero también, a medida que crecemos, la necesidad de convertirnos en unos individuos autónomos y con identidad propia, aviva el deseo de diferenciación, de ser reconocido y respetado como alguien diferente. De adultos seguimos teniendo necesidad de fusión y diferenciación, pero el grado de uno y otro puede diferir bastante de una persona a otra. Alguien que anhele diferenciación va a tener problemas con quien necesite fusión.

Expectativas de jerarquía: en la relación jefe/trabajador, padre/hijo, maestro/alumno… existe una complementariedad clara de antemano, en la pareja no. En el pasado se propiciaba la complementariedad, en la actualidad la simetría, pero más allá del marco social, sigue siendo el interior de la pareja donde se acuerda el grado de complementariedad/simetría y en qué áreas. (ver :  Estrés de género)

En ocasiones el acuerdo puede ser aparente y condicionado por el contexto (sentimientos de inferioridad por bajo poder económico o cultural, por diferente extracto social, por género…). En estos casos suelen darse pulsos de poder encubiertos, incluso llegando a desarrollar adicciones, violencia o descontrol del que ocupa la posición inferior, que aunque le destruye le da poder, tiene la última palabra.

Expectativa entorno a los proyectos básicos: el darse placer, ternura, valoración y reconocimiento propio es la base de la pareja, por eso, cuando se inicia se está mirando al presente, pero se consolida cuando se empieza a hablar del futuro y van añadiéndose proyectos en común. El poder proyectarse al futuro apoyado en la supuesta duración del vínculo, les permite adquirir compromiso. No es de extrañar que en ese momento surja de forma explícita el “nosotros”, “nuestro” “nuestra”… están construyendo su mundo propio. El problema surge cuando el nivel de compromiso es distinto, en el grado de actuar en conjunto/individual, o como y que proyectos en común iniciar (desde donde vivir, hasta si formar una familia).

 

EL DESARROLLO DE LA VIDA EN COMUN.

Si los cimientos son básicos, también lo es el mantenimiento del edificio. Se han de negociar tanto el disfrute y la diversión (más presente en el noviazgo), como en las obligaciones y responsabilidades (más presente en la vida en común). Lo que surge puede ser funcional (la vida de ambos es más satisfactoria) o disfuncional.

El manejo del espacio y el tiempo: el orden, es solo la forma de estructurar el espacio y para cada persona lo que esta ordenado y es normal,  puede distar mucho de lo que piensan los demás. Que espacios son comunes o más particulares, que se puede o no se puede hacer en cada lugar (donde se puede fumar, quien puede trastear las cosas del despacho…). El tiempo, su utilización, la puntualidad, quien tiene prioridad en el baño, a qué hora levantarse de la cama… incluso cuando se pacta hacer cosas juntos aparece la “normalidad”,  que ambos miembros de la pareja pueden (suelen) tener ideas distintas de “lo normal”…. En las relaciones lo “normal” no existe (y crea conflicto), se debería hablar de funcional o no…. Lo normal es que ambos posean ritmos y costumbres distintas, si las diferencias sirven para enriquecer al otro (dialogo y pactos), estupendo, si no, habrá problemas.

Las tareas domésticas: obvio que es motivo de disputa, en ocasiones demasiado obvio, cuando se discute sobre estos temas puede haber otras cuestiones de los que no se habla, pero que están ahí, generan malestar y predisponen a saltar

La familia de origen: lo que somos se ha formado en nuestra familia y la relación que se tenga con ella condicionará el papel que jugará la familia de origen en la pareja.

Los padres no deben inmiscuirse en las relaciones amorosas de sus hijos,  pero hijos dependientes pueden permitir su acceso en demasía, o al revés, padre o madre dependiente de hijos cuidadores/aliados/coaligados no acepten pasar a un segundo plano o padres deudores que esperan que su retoño les devuelva todo lo que han hecho por él… Este es un tema complejo, como para escribir un libro.

Resumiendo mucho: Que tu pareja se relacione como quiera con su familia (no te opongas, aunque vuelva siempre de mal humor, es cosa suya), eso sí, el grado de confraternización  con ellos depende solo de ti, tú decides. Ni tú debes prohibirle el contacto, pero tampoco te deben obligar a ti a tenerlo. Y ambos tenerlo claro, la pareja debe tener prioridad, a la vez que se respeta y se tiene en cuenta la familia de origen y la política.

La profesión y el trabajo: en el pasado el trabajo fuera de casa era cosa del hombre, en la actualidad no, al menos aparentemente, la educación tradicional está más presente de lo que pensamos. El trabajo puede ser fuente de autoestima, realización y el dinero es poder. Suele ser la mujer la que renuncia al mismo para dedicarse a la crianza de los hijos, perdiendo así las ventajas del trabajo y en muchas ocasiones, limitando las fuentes de reconocimiento y realización a sus hijos y pareja… para gestionar y decidir todo ello, una vez más, debe de estar muy consensuado con la pareja (y periodicamente, los pactos del pasado deben ser revisados porque en el presente pueden ya no ser funcionales).

Los hijos: el primer hijo pone a prueba la pareja, en contra de una antigua creencia, los hijos no reparan las parejas en problemas, más bien lo contrario, incluso en las parejas felices la aparición de descendencia puede ser el inicio de las dificultades. Hay personas con una clara inclinación a lo parental frente a lo conyugal y viceversa y ambas modalidades pueden ser funcionales, siempre que no sean extremas: olvidarse de la pareja por los hijos o al revés, descuidarlos por no renunciar a aspectos de la pareja. Otra fuente de problemas proviene del papel que se le quiera dar a la familia de origen o cuanto se intentan entrometer…

Los menores necesitan nutrición emocional y recibir aprendizajes de socialización, límites y normas, en ambas vertientes, por exceso o por carencia, la parentalidad puede fallar (otro tema complejo que da para más letras).

La economía: para unos el dinero es una fuente de autonomía e independencia, para otros un vehículo de intercambio que simboliza la generosidad, la unión y el amor. Una vez más, esto tiene que ver con la diferenciación/fusión, con los dos miembros de la pareja en posiciones semblantes no habrá problemas, si existe una gran diferencia… y el dinero es poder, no es algo a pasar por alto.

Ocio, tiempo libre y hobbies: en la actualidad el ocio es lícito y muy deseable, permitir salir a la pareja de forma individual puede resultar saludable y si existen celos y desconfianza, es buen momento para luchar contra ellos, si son infundados… aquí vuelve a surgir el binomio diferenciación/fusión.  

El reservar momentos de ocio y encuentro para la pareja, después de la aparición de los hijos, resulta a si mismo muy recomendable, pues la parentalidad puede comerse la conyugalidad… y que no se utilicen esos momentos para hablar de los problemas con los hijos o domésticos.

La enfermedad: como se reaccione ante ella, también es aprendido en la familia de origen; cómo se comporta el enfermo y que puede esperar del cuidador (“que malito ni que ocho cuartos, lo que te pasa es que eres un quejica”). El género en el pasado era determinante, en la actualidad, el papel cuidador de la mujer se ha suavizado.  

Los valores y las creencias: los aprendizajes en la familia de origen, la pertenencia a una etnia concreta, país o grupo social, en definitiva las raíces de la persona, pueden variar enormemente de unos a otros. Las raíces de ambos miembros de la pareja tendrán peso y pueden generar conflictos de difícil resolución… es bueno aprender del otro, pero también mantener el equilibrio inicial que permitió el amor.

 

Bibliografía:  

Linares, J.L. Y Campo, C. (2002). Sobrevivir a la pareja, problemas y soluciones. Barcelona: Planeta.

 

 

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Categorías: PAREJA

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